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Heroicidad borrascosa

«¿Héroe o heroína?» es una de esas preguntas que llevo planteándome desde que era adolescente, en mis primeras lecturas importantes, y que sigue acompañándome a día de hoy. Si bien es cierto que en los últimos años ha habido un aumento de las protagonistas femeninas que desempeñan el mismo papel que el prototipo clásico de héroe —desde los Juegos del hambre hasta Juego de tronos—, sigue habiendo polémica en el tema. Hay muchos casos en los que la mujer es “objeto de” (protección, amor,  deseo). En los casos en que parecen haberse asentado como figuras de autoridad, por así decirlo, se hace hincapié en las dificultades que han tenido que sortear para lograrlo (estoy pensando ahora mismo en las piratas de Manorroja, de Mar Guerra Cid).

Ahí viene en parte mi fruncimiento de ceño: parece, en ocasiones, que una heroína no sea valorada como tal por sus méritos, sino admirada por el hecho de conseguirlos siendo mujer. Pongamos un ejemplo, y ya que hemos hablado de piratas, sigo en la misma línea: una pirata que hace frente al abordaje del navío enemigo, consiguiéndolo con éxito, es alabada no por la estrategia, más bien por haberlo logrado siendo, en apariencia, menos fuerte que un hombre. Incluso los propios personajes se sorprenden de su maestría femenina.

A todo esto, no puedo pasar por alto otro detalle que me aterra (un poco al menos): las otras armas de las mujeres guerreras. Y es que, al margen de su fortaleza e inteligencia, está la seducción. Así las cosas, algunas heroínas tienden a utilizar sus encantos femeninos para alzarse con la victoria. ¡Ojo! Lo veo totalmente lícito, ahora bien, en novelas donde hablamos de héroes masculinos, estos rara vez buscan conseguir algo más allá que su propia satisfacción. Se da por hecho, en esas circunstancias, que el ingenio del hombre es suficiente para desempeñar el papel protagonista, y sus encantos, por otro lado, tan solo le reporta un beneficio placentero y no el camino al triunfo.

No, no estoy haciendo una crítica feminista, simplemente no alcanzo a discernir el porqué de plantear estas diferencias, ¿se trata de una crítica? Y si lo es, ¿cuántas décadas más necesitamos para dejar de ensalzar la diferencia entre un sexo y otro? ¿Cuándo va a dejar de sorprendernos que una mujer pueda ser pirata, arquera, boxeadora, futbolista, motorista? Puede que se nos antojen extrañas por desempeñar un papel digno de un mundo de hombres, pero señores (y sí, soy de las que usan el masculino genérico), han pasado varios siglos desde Emily Brontë, Jane Austen o Charlotte Brontë, e incluso sus protagonistas me parecen, en muchas ocasiones, más avanzadas que las actuales. Debe de ser la visión de las escritoras.

En definitiva, vuelve la pregunta, en esta estructura cíclica que me caracteriza, ¿héroe o heroína? Cualquiera. Que cada uno sea lo que quiera, sin distinciones, sin incidir en el género a la hora de realizar una u otra función en la novela, y más cuando se trata de narrativa juvenil. Recordemos que, inconscientemente, transmitimos esas enseñanzas a personas que siguen formándose personalmente, chicos y chicas que aprenden y aprehenden de esas lecturas. Solo diré, para concluir, que más del ochenta por ciento de las lecturas obligatorias de secundaria tienen por protagonista un héroe, mientras que las heroínas son minoría dentro de esa borrasca literaria y vital en la que nos movemos a diario.

En cualquier caso, la pregunta esencial que dejo en el aire es: ¿Soy yo la única que percibe esto?

7 comentarios

  1. Pues no, no eres la única que lo percibe… es una triste realidad. En las aulas pesan más los estudios sobre autores que de autoras (en todos los campos: filosofía, literatura, arte..) Y me entristece profundamente comprobar cómo de interiorizados están los roles sociales sobre el género y el papel que debe asumir cada “letrero sexual”, que hasta llega un punto que hacemos cosas de forma automática (y yo me incluyo, por supuesto) que llevan el sello subliminal de este “adoctrinamiento” de tradiciones de género. Tu artículo deja una puerta abierta a la reflexión sobre qué estamos haciendo y sobre si es esa la educación que deseamos a las generaciones que nos siguen, ¡enhorabuena! Creo firmemente que, si nos propusiéramos desde la raíz, educar en unos nuevos roles sociales libres de esos “letreritos”, otro gallo nos cantaría con la lucha feminista, los hombres maltratados que tienen vergüenza a denunciar, de lo rosa para la niña y lo azul para el niño… En definitiva, crearíamos una sociedad igualitaria de verdad. Ésa es mi utopía… veremos a ver. De momento, te aplaudo. Muchas gracias.

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    1. Muchas gracias a ti, Nieves, por tu reflexión y por tus palabras. Desde luego, harían falta más visiones como la tuya para ayudar en el cambio y en ese constante recordatorio de que necesitamos “innovar”, pues innovemos de una vez por todas.

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    1. ¡Lo intentamos, Víctor! Ante todo, igualdad. Del mismo modo que una mujer puede sentirse identificada con un protagonista masculino, un hombre debería también poder hacerlo. ¡Gracias!

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  2. Permíteme discrepar, mi querido Víctor. Los roles se cambian cambiando la educación y la base de las tradiciones de una sociedad. La lucha es necesaria dirigirla hacia esos lares y es tarea de todos y todas, no solamente de nosotras. XD

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