TranseÚntes VidasCruzadas

Surcos en la piel

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Siempre he sabido que no estaba sola en mi días de observación. Justo en la otra punta de la estación cada día, a la misma hora, se sienta mi fiel compañero.

Sus movimientos son lentos, los años ya hace tiempo que pesan sobre sus hombros. Sin prisas, a la misma hora todos los días, entra en la estación, mira a su alrededor y se sienta en el banco al que empiezan a darle los primeros rayos vespertinos. La verdad es que nunca me había fijado en él. Siempre estoy ocupada imaginando la vida de todos aquellas personas que se cruzan en mi camino tan solo un segundo. Y sin embargo, él está ahí todos los días, sin falta.

¿Qué le empujará a venir aquí todos los días? ¿Será un amante de las vidas cruzadas como yo? Si, seguro que es eso. Veo como observa a la gente que pasa por su lado, los mira con atención, fijándose en cada detalle. No habla con nadie, solo se sienta y observa. Y yo, a su vez, lo observo a él. Me provoca ternura, quisiera sentarme a su lado y que me contara toda su vida, cuales fueron sus sueños, sus amores y sus mayores triunfos. Pero no me atrevo, sería romper mis reglas.

Cientos de arrugas surcan su piel. Todas y cada una de ellas hablan de historias pasadas, de momentos vividos que ya no volverán. Unas me hablan de su gran amor, un amor que se fue y ya no volverá a estar junto a él. La añora, recuerda cuando venían juntos y se sentaban a contemplar a los transeúntes. A ella le divertía ver a los hombres de negocios tan bien vestidos, con sus elegantes trajes, corriendo detrás de un tren que se había marchado sin ellos. A él simplemente, le gustaba verla sonreir.

Otras me hablan de años cansados en el campo. Años en los que el sol encurtía su piel y la tierra endurecía sus manos. Pero pese al cansancio, fueron años felices. Tenía todo lo que necesitaba, a su familia. Con el paso de los años, sus seres queridos se fueron disipando, y las visitas se fueron alargando en el tiempo, pero en cambio sus arrugas, siguieron aumentando.

Pero en conjunto, todas ellas me hablan de el gran hombre que fue. Superó malas épocas, luchó por su libertad, buscó un futuro mejor para cada uno de los suyos, amó con intensidad, imaginó miles de vidas cruzadas…. Ahora me toca a mi. Sus manos cansadas se apoyan sobre el bastón, se está haciendo tarde y tiene que volver a la tranquilidad de su hogar. Le veo desaparecer lentamente entre la multitud, no tiene prisa, sabe que deja las vidas cruzadas en buenas manos. Yo las cuidaré y las mostraré al mundo con el mismo cariño que él lo hizo. Si, he tenido un buen maestro.

(Siendo yo pequeña, me sentaba con mi abuela en la plaza del pueblo. Nos gustaba ver la gente pasar y ella me contaba la historia de cada una de esas extrañas personas para mi. Nunca lo había pensado, pero esos momentos fueron los que han dado vida a Vidas Cruzadas. Este micorrelato va por todos nuestros abuelos que nos han ayudado a ser quienes somos hoy en día)

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