Me gusta cuando besas porque estás como presente

Con hora de Berlín, de Roma o de París hablamos de besos. Será la primavera, o algunas de las entradas de mis compañeros, pero esta noche pienso en besos literarios que me pusieron el estómago del revés y dejaron fluir las emociones. Besos de personajes que no existen y que esperas como si fuesen a dártelos a ti. Besos que viajan como una chispa fulgurante de una comisura de la boca a la otra; besos que huelen a prados y a licores amargos de diferentes épocas y lugares; besos que se sienten nocturnos y besos que pierden el tacto del día; besos que son emulsiones de caricias desgastadas en una cocina literaria moderna; besos de sábanas sin colchón que abrazar; besos de labios y besos de miradas; besos que no se dan, pero se piensan; besos muertos en el recuerdo de los vivos; besos de pasiones multiculturales; besos ajenos y tan propios; besos que se extravían en la memoria y se encuentran en el olvido; besos de nadie y besos de todos; besos de páginas que se arrastran en el baile sensual de las yemas de los dedos; besos que se dan y no se devuelven; besos que se prestan en viajes en el tiempo; besos que se arrancan a dentelladas, de la boca y del alma. Sí, vamos a hablar de besos, de todos los ya mencionados y de la forma inexplicable en la que vienen a morir en nuestros labios cuando los leemos por primera vez.

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