Agua limpia y azul

Debería de salir. Pero no. Me sumerjo en el agua tibia de la bañera y dejo que mi pelo flote como un alga negra. Quiero estar aquí dentro, ¿podré convertirme en agua? Estaría genial ser agua como la vez que me colé por el desagüe. Solo deseaba estar a oscuras. De-sa-pa-re-cer. El olor a huevo podrido me hizo salir. Salir. Tengo que salir ya. Me están esperando. Siempre hay algo, algo para alguien o simplemente alguien que espera. Quiero ser agua, ¿por qué será tan difícil? ¡Tiene tantas ventajas ser agua! Me imagino limpia, azul, con mi pelo meciéndose en suaves ondas. En esos momentos puedo licuarme, filtrarme bajo el suelo y es-ca-par por un afluente pequeño y frío con algún cisne nadando sobre mí hasta llegar a un río más grande que a su vez desemboca en otro río más grande y así hasta el mar abierto y, desde ahí, hasta el océano más remoto de la Tierra. Le-jos. Pero como soy una cobarde, pienso en la comida y en dormir caliente y salgo, siempre salgo: solícita y sonriente. La obligación y la sociedad tiran de mí esperando que sea mujer y no agua. Pero yo quiero ser agua y nunca lo soy.

Los nenúfares, 1920-1926. Óleo sobre lienzo (21 × 602 cm). Claude Monet (1840-1926). Museo de la Orangerie de las Tullerías, París. La belleza del jardín de Giverny.

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