Con lugares a cuestas

Cambié las manos en Londres, los pies en Mumbai. Lisboa me abrió los ojos, Albuquerque los oídos. Seúl me ayudó a reemplazar el córtex cerebral. Nueva York me dejó el pelo lacio y en Vicente Noble recuperó su rizo, un rizo oscuro y estrecho. Ay, si mis caderas hablasen de La Habana. En Madrid mudé la piel, quizá por otra más dura. En Granada renové la caja torácica que fui rellenando poco a poco: el páncreas en Salavan, el pulmón derecho en Annobón, el izquierdo en Morro de São Paulo y en Encarnación me brotó un corazón nuevo. Decidí ir a Punta Arenas para recuperar el hígado, pasé por Ushuaia y me detuve en Isla Decepción, aprovechando el verano antártico. Allí cambié la nariz y las rodillas. Regresé a Europa como el barco de Teseo, como Ulises después de su periplo por el Egeo. Ítaca ya no era la misma, había cambiado más que yo. Entonces, me pregunté: «¿Quiénes somos?» Y como única respuesta me encontré con mis entrañas totalmente blancas, intactas.

La verbena, 1927. Óleo sobre lienzo, (119 x 165 cm). Maruja Mallo (1902-1995). Museo Reina Sofía.

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