No estoy ahí

No he estado ahí, pero tengo adherido el polvo blanco de los edificios derrumbados en la cara, en los brazos. Ni siquiera me puedo imaginar qué es estar en medio de los continuos estallidos de metralla y pólvora, pero me pitan los oídos por las bombas y misiles. Soy incapaz de sentir el dolor de esa madre que abraza a su hijo muerto, a ese padre corriendo con su niña a cuestas mientras languidece con los brazos colgando y la boca muy abierta en una mueca final. No puedo. Me gustaría tener una habitación diáfana bañada en miel donde guarecer a los inocentes por las noches. Quisiera que mi espalda se convirtiera en una cúpula acorazada gigante para que cubriera el cielo donde esas estrellas fugaces revientan contra el suelo. Desearía poder abrazarlos a todos y decirles que no pasa nada, que todo está bien y que yo daré agua a esas gargantas secas de gritar. Pero en lugar de eso, mi ventana me devuelve las sombras con las siluetas de la ropa recién tendida. Torsos humanos que se ríen de mí porque solo tengo una televisión.

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