Viviendo la muerte

La muerte se sentó al lado de mi cama cuando tenía seis años y me tocó el pecho con su dedo de hueso. La enfermedad de los pulmones me mantuvo mucho tiempo en un hospital. Siempre con la muerte muy atenta y diligente en mi lucha infantil. La veía pasear por los pasillos, entrar en otras habitaciones: algunas veces salía acompañada de rostros enjutos y ojerosos; otras, simplemente concedía entrevistas en las que sus interlocutores escapaban aliviados abrazándose a sus familiares. A mí solo me miraba, se quedaba callada al lado de mi cama y comprobaba las constantes vitales de los monitores. Quizá conforme, se iba después a continuar su ronda por los pasillos. Cuando salí del hospital, aquella madre inesperada me dejó en las manos un reloj de arena que yo cargué sin rechistar, esperando a que, de un momento a otro, las arenas del tiempo se consumieran. Pero el tiempo pasaba y ella fue llevándose uno a uno los miembros de mi familia con sus rostros enjutos y ojerosos. A mí me dejaba a solas con mi bombona de oxígeno y mi reloj de arena en horizontal, suspendido en una pausa infinita. Se sentaba a mi lado, silenciosa, creo que quería compañía. Fue una convivencia larga y muda sosteniendo aquel armatoste inmóvil. Hasta que acabé hablándole para pedirle: le pedí que, por favor, me quitase aquel peso de las manos.

El lamento por Ícaro, 1898. Óleo sobre tabla (180 x 150 cm). Herbert James Draper (1863-1920). Tate Britain, Londres

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