¿Quién es el último?

Caminaba con las manos en los bolsillos. Llevaba un rato dando vueltas. Se dio cuenta de que había pasado tres veces por el mismo escaparate del bulevar. Sorprendido de la casualidad, torció hacia una calle techada por toldos altos y desgarrados. Allí se fijó que al fondo se agrupan personas formando una cola larga y ordenada. Decidió acercarse para curiosear y en esto que una chica le adelantó con estrepitosa carrera, dándole un empujón. Ni se volvió para disculparse, corrió hacia la fila y se puso pulcramente en su lugar. Todavía se frotaba el impacto del hombro cuando llegó junto al grupo de personas. Se extrañó de que detrás de la chica, ya se habían colocado otros tantos. Perplejo, preguntó al que tenía delante: ¿Quién es el último? El tipo se limitó a responder en voz baja: Imagino que yo. Observó la cola y trató de calcular: ¿dónde acabaría?; ¿qué haría allí toda esa gente? Iba a preguntar de nuevo al de delante cuando la frase se quedó en mitad de la garganta, una voz habló detrás de él: ¿Es usted el último? Tragó saliva y, completamente rígido, se giró despacio para mirar a su interlocutor y respondió sin más: Imagino que yo. Y con esa tremenda sencillez, se vio guardando aquella cola.

Avanzaban despacio. Todo el mundo guardaba silencio. Daban cortos pasos de manera sincronizada, metódica, con la mirada fija al frente. Aunque su curiosidad iba creciendo, no se atrevió a romper el ritual para preguntar al de delante. Continuó su espera como todos los demás. De vez en cuando asomaba la cabeza y solo alcanzaba a ver la fila alargándose como una hilera de hormigas en el horizonte. En el sentido opuesto, detrás de él, se habían colocado muchos más, muchísimos más. Por un momento pensó en romper la fila, pero se sintió ridículo abandonando a esas alturas. Continuó avanzando. El asfalto dio paso al pedregal y allí en las afueras consiguió ver el destino de aquella trashumancia: un precipicio. Nadie parecía inmutarse: se despeñaban tranquilamente por turnos. Uno, dos, tres, cinco, diez… llegó la vez de la chica del tropiezo. Se le encogió el corazón, deseó por un instante que se saliese. Pero no. Dio un paso adelante y se dejó caer con el pelo flotando en el aire. La cola continuó su ritmo impasible: uno, dos, tres, cinco, diez… Vio el cogote del tipo de delante deslizarse hacia el vacío y cerró los ojos con fuerza, deseando que los cuerpos del fondo amortiguaran su caída.

La siesta, 1905. Óleo sobre lienzo (89×117 cm). Henri Manguin (1874-1949). Villa Flora, Winterthur, Suiza.

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