Mejillas abiertas

Me castigaban en el cuarto de las escobas por arrancarle hojas de la cara. Sor Adoración nos la presentó a la clase: esta es Amalia, decid hola a vuestra nueva compañera. Todos dijeron hola menos yo. Me había quedado mudo, hipnotizado, ante la vegetación que brotaba de su mejilla izquierda. Eran unas hojas verdes y rojas con aspecto de hongo y flor a la vez. Aquellas plantas se adherían a lo largo de su cara con insultante vanidad, ascendían hacia las sienes lustrosas y rizadas. Allí de pie en el estrado de sor Adoración, Amalia nos miraba a todos con unos ojos muy redondos y negros, parecía no tener pupilas. Su boca roja se me antojó una fresa abierta en canal que sonreía en una mueca triste como una planta carnívora. Amalia es una niña muy especial, nos dijo sor Adoración, pero yo solo veía una maceta con falda plisada. Desde ese momento decidí que sería el infierno de aquella niña-planta niña-hongo. En el recreo la empujaba del columpio y le apretaba la cara contra la tierra. Le arrancaba aquellas hojas para comprobar si el color de su sangre era verde como la clorofila. Pero no. Sangraba mucho y ella se chupaba la sangre con su lengua de fresa poniendo sus labios aún más rojos. Las hojas no acababan nunca, por cada una que le quitaba germinaban tres más. Ya trepaban por su pelo ¿o su pelo ya eran flores rojas y verdes? Una tarde, Amalia me siguió a la salida del colegio. Me di cuenta cuando enfilaba la pendiente de mi calle. Ella caminaba a mi ritmo con sus ojos negros de cactus clavados en mi nuca. Me giré para plantarle cara. Pero no me atreví a decir nada, me quedé con los pies enterrados en la acera. Ella se acercó con su mejilla vegetal ondulando salvaje. Contuve la respiración. Cerré los ojos cuando sus labios rojos fresa-sangre rozaron mi mejilla derecha. Noté calor, fuego, escozor. Imaginé que de mi cara nacían brotes verdes y amarillos. Sentí un hormigueo por todo el cuerpo que me desmembró, me partí como ramitas secas y mis brazos y piernas rodaron, rodaron calle abajo.

Raíces, 1943. Óleo sobre lienzo (50×30 cm). Frida Kahlo (1907-1954). Colección privada. Surrealismo y trascendencia

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