La disolución de la culpa

La invitación de la boda de mi amigo Javi no llegó en buen momento. Me estaba separando de Rafa y no tenía ánimos. Rafa ni se quedaba ni se terminaba de ir. La situación era un poco asfixiante. Llamé a Javi para disculparme por no poder ir a su boda, encima en otra provincia… hotel, viaje… uf! Pero Javi no quiso escucharme y al final me convenció para que fuera. Le hacía mucha ilusión juntar de nuevo a la vieja guardia, lo dijo con esas palabras. No pude negarme. Así que reservé hotel, cogí un tren y me planté en la boda de mi amigo con la mejor de mis sonrisas dispuesta a olvidar el tema de Rafa. Allí me encontré con otro amigo, uno de esos con los que has dejado una historia a medias, por miedo, por falta de ganas, por no ser el momento… No paraba de mirarme con cara de embobado, hasta se ponía rojo a veces. Lo tenía justo enfrente en mi mesa, era un no parar. Fue una cena animada, me dejé la voz gritando los vivas y los hurras. Me reí mucho. Ya en la barra libre este amigo se acercó a mí dispuesto a jugar sus cartas. Yo no tenía nada que perder y me hacía mucho reír. Así que decidí no pensar en nada ni en nadie y dejarme llevar. Aunque supongo que me dejé llevar demasiado. Acabé en su habitación, quitándonos la ropa y tirando una lámpara al suelo. La bombilla reventó contra la moqueta. En el momento nos pareció muy gracioso y despertamos a medio hotel con las risas y las carcajadas. Fue tremendo. Pero por la mañana, lo primero que vi al despertar fue esa lámpara tirada, rota, ridícula, así me sentí yo. En la habitación olía a sudor y a alcohol y decidí meterme en la ducha, necesitaba lavarme. Salté con cuidado por encima de la cama para no despertar a mi amigo que dormía como un tronco y no pisar la lámpara. El agua caliente de la ducha no me hizo sentir mejor. Un nudo en el estómago subió hacia la garganta con el nombre de Rafa. Me imaginaba su cara al volver a casa, seguro que me estaría esperando en el piso, por qué no le habría quitado las llaves. Sentía su mirada en mi nuca, inquisidor, amenazante, “te ha faltado tiempo”… y el otro ahí durmiendo tan tranquilo, sin enterarse de nada. Mejor así. Para qué, de qué serviría… El nudo me estalló en la boca como la bombilla de la lámpara. El llanto casi me ahoga, pero no podía salir del agua, era el único refugio posible. El agua, el agua, el agua… Yo quería disolverme, borrarme. No sé cuánto tiempo estuve ahí, pero sé que desaparecí lejos, lejos… yo solo quería llegar al fondo del mar.

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La villa de las sirenas, 1942. Óleo sobre lienzo. Paul Delvaux (1897-1994) Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Repetimos surrealismo desde Bélgica.

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