CREAdores EnPocasPalabras

Vidas en barbecho

Fui a la cocina a prepararme café y la silla de ruedas continuaba allí, vacía, inerte… devolviéndome la imagen de mi madre con la boca abierta y un hilo de baba colgándole hasta la bata. Mi piso dejó de oler a pañales sucios y a medicinas, lo mejor de estar sola era el silencio. Mi tía también desapareció, aunque ella fue la mejor parada de esta historia porque acabó por echarse de novio al mulatito que contraté como enfermero para que me ayudara a bañar a mi madre. Ese mulato era muy moreno y tenía los labios muy gruesos, como dos cojines de terciopelo. Se llamaba Cristóbal. Un día lo esperé a propósito sin ropa interior y con una camisa de verano mal abrochada. Durante una larga temporada en el piso solo existíamos la silla de ruedas y yo. Al principio de la enfermedad de mi madre, mi tía venía una vez al mes, traía una caja de bombones y se sentaba al lado de la silla de ruedas. Cuando Cristóbal vino a ayudarme, fue aumentando la frecuencia de las visitas. Después de bañar a mamá, volvía a llevar la silla de ruedas junto a la ventana de la cocina y desde allí podía escuchar las risitas de mi tía en el salón coqueteando con Cristóbal. Al rato, salían los dos ajustándose la ropa y él le pellizcaba los glúteos. Supongo que me cansé del silencio y de aquella silla de ruedas pegada a la ventana de la cocina que aún me devolvía la imagen de los ojos tiesos de mi madre mirando al techo. Se me ocurrió llamar a Cristóbal y pedirle que se llevara la silla. Fue cuando le recibí con la camisa de verano mal abrochada. Clavó los ojos entre las aperturas de la camisa. Me pidió usar el baño y para cuando él volvió, yo le esperaba sentada en la silla de ruedas mirándole descarada. Abrí las piernas para que me viera bien. Él dudó unos instantes, pero finalmente se acercó. Se arrodilló enfrente de mí y me besó el ombligo. Entonces, yo le empujé la cabeza hacia abajo, subí las piernas a los reposa-brazos y me fundí en el terciopelo rojo. Cristóbal se subió a la silla, pero no resistió el peso de los dos. El golpe fue tremendo. Caímos despatarrados entre las ruedas clavándonos las costillas. Nos reímos a carcajadas. No le digas a tu tía, me dijo. Como respuesta le sonreí y le mordí aquellos labios acolchados. ¿Crees que se habrá roto la silla? No sé si podré llevármela… volvió a decirme. No importa, no te la lleves, mi tía acabará necesitándola.

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La durmiente, 1932. Óleo sobre lienzo. Tamara de Lempicka (1898-1980). Art decó, Palacio de Gaviria, Madrid. Una (co)lección de arte, glamour y feminismo.

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