“Los cuentos sirven para dormir a los niños y despertar a los mayores”

(Hans Christian Andersen)

Érase una vez con firma

Encontré un ‘érase una vez’ interesante hasta el tercer gin tonic.

Esa noche la cita fue en una terraza frente al mar. Él vestía con apariencia de experto despreocupado, pero con ganas de apostar para ganar. Su discurso desprendía un halo fresco y libre, como de quien vive arañando cada segundo de la vida sin ataduras pasadas ni presentes. Por la puesta en escena juraría que ese cuerpo se alimentaba de una alta autoestima y valentía, huyendo de los tóxicos conformismos sociales que entierran en vida a cualquiera. Fumaba tabaco de liar curiosidad con aventura, atrayéndome así como la miel a las  moscas en cada estudiada calada que daba junto a su perfectamente desordenada barba de tres días.

Entonces llegó el tercer gin tonic y con él apareció frente a mí un ingenuo preocupado, sin valor para salir por sí mismo de las circunstancias pasadas y presentes que sí resultaba cargar sobre sus hombros. Su barba me seguía pareciendo seductora, pero para mí la magia del misterio ya se había esfumado con la última bocanada de humo tras apagar su cigarrillo. No era libre, no era despreocupado, no era valiente. Bebía lo que todos: gin tonic.

Encontré un ‘érase una vez’ sin puntos suspensivos.

 

 

 

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