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¿Sin pensamiento crítico? El humanismo y el lugar de las humanidades

Recupero para LahoradeBerlín un texto publicado, con ilustración de María Blanco, en el número 1 del magnífico proyecto de la Revista Horizontal. Revista de resistencia cultural y artística, que podéis leer aquí. El papel de las humanidades y el pensamiento crítico. 

A partir de la eclosión de los medios de comunicación de masas en el siglo XX, el debate sobre la utilidad y funcionalidad de todas aquellas cosas que nos rodean, tangibles o no, se reabre en determinados periodos, asociados, como en este caso, a unos años de crisis económica en el que la sociedad vigilia con lupa todos los movimientos y el sistema tiende a reordenar conflictivamente a todos los actores que la conforman.

“Sin pensamiento crítico” rezaba el titular de Amelia Castilla a una encuesta entre intelectuales de diferentes lugares del mundo en la portada digital del suplemento cultural Babelia del día 25 de febrero de 2011. En este contexto, el debate sobre el papel de los intelectuales, y sobre todo el de las humanidades, vuelve al candelero en un momento en el que parecen necesarias alternativas profundas, no solo en el liberalismo económico radical, sino también en la concepción individualista del pensamiento occidental surgida tras lo que se vino a denominar la muerte de los grandes discursos.

¿Puede contribuir el pensamiento crítico de las humanidades en este sentido? ¿Tendrá un espacio diferente en la reordenación de los actores sociales después de la crisis? El panorama no es nada alentador si atendemos al estado de la cuestión actual, más si cabe tras los diferentes tijeratazos en educación e I+D, aspectos que los diferentes gobiernos, no sólo de la Unión Europea, consideran marginales para la recuperación financiera.

Lo cierto es que a día de hoy el espacio de los intelectuales, y muy especialmente el de las humanidades, ha quedado reducido al impopular reducto de las universidades, donde se alojan en una burbuja en la que el conocimiento se recicla a sí mismo, sin apenas incidencia no ya en la conciencia colectiva, sino tampoco en los principales órganos de decisión.

No deja de ser casual que las protestas estudiantiles que han prendido definitivamente la mecha mediática estos días hayan comenzado en un instituto valenciano con el nombre de Juan Luis Vives. Esos chicos, hijos del fin de la historia, a los que se les acusa de pasotismo y mezquindad intelectual, se han quitado los auriculares y han escondido los mandos de los videojuegos para interactuar socialmente, en un mundo que ya no es posible sin estar conectado, en el dominio virtual horizontal que han creado la web 2.0 y las redes sociales. Esta vez han elegido alzar los libros, «¡estas son nuestras armas!», gritaban, frente a los tontos de la clase, que hoy escenifican su éxito profesional sin estudios con la represión física y moral identificativa ya de la policía antidisturbios.

La excusa del Juan Luis Vives me sirve para focalizar la atención en un periodo histórico determinado, los siglos del humanismo, en el que este humanista con nombre instituto, -sí, ya pocos recuerdan que es un instituto con nombre de humanista-, y otros tantos personajes vinculados con las humanidades, con los studia humanitatis en expresión de Cicerón, encabezaron la evolución del pensamiento crítico en una época de crisis en la que la tradición suele cifrar el inicio de la modernidad.

La recuperación filológica del legado greco-latino que comenzaran intelectuales de la talla de Petrarca o Bocaccio dio paso a una conflictiva evolución del pensamiento y los métodos educativos medievales que apuntaron hacia un modelo basado principalmente en el perfeccionamiento del latín y del griego clásico a través del nuevo tratamiento de la gramática y la retórica, que desde la filología, influyó notablemente en la configuración intelectual y política de las distintas sociedades del Renacimiento.

La esencia del humanismo, la filosofía del humanismo, probablemente haya que buscarla en la ascensión de Petrarca al Mont Venteaux, con el encuentro del hombre con sí mismo en las alturas de los Alpes, que el de Arezzo narró en una carta a su amigo el agustino Dionisio da Burgo. Pero el trabajo de campo, el esfuerzo del estudio, la interpretación, la glosa y la traducción de los textos del pasado medieval y clásico fue fruto del empeño filológico de estos humanistas, encargados, en palabras de una de las figuras más importantes del humanismo español, Alejo de Venegas, de ser la lengua, los intérpretes, de esos maestros mudos que eran los libros.

En este contexto, sobre todo desde el ámbito italiano, los humanistas se convirtieron en depositarios de un poder vinculado con la escritura, con el conocimiento de la historia y de la literatura, que les llevó a la palestra del dominio público y a influenciar de manera decisiva en aquellos que ejercían el poder. Lorenzo Valla demostró la falsificación de la “Donación de Constantino”, texto en el que se asienta el cristianismo en el imperio romano, Alberti, Bruni, Nebrija, Pérez de Oliva pusieron sus conocimientos para construir la historia de sus ciudades o de sus mecenas o para reescribir los tópicos de la literatura moderna. Conocida es la expresión del príncipe milanés Galeazzo Visconti, que temía más una carta de Coluccio Salutati que mil jinetes florentinos.

La Europa del siglo XVI conoció la primera época de globalización moderna, debido entre otras cosas a la expansión del dominio político de la corona del heredero de la casa de Austria, Carlos V, al impulso comercial en el Mediterráneo con los grandes descubrimientos o a la red cultural que supuso la proliferación de universidades y estudios generales en todo el continente.

Los humanistas se filtraron progresivamente en las universidades como maestros de unas disciplinas de letras, o de Artes, obligatorias para el estudio de las facultades mayores, teología, derecho y medicina. Ya en el siglo XIII, Alfonso X el Sabio había propuesto el papel preponderante de las humanidades en los planes de estudio en la Ley I de la Segunda Partida:

Estudio es ayuntamiento de maestros et de escolares que es fecho en algunt logar con voluntad et con entendimiento de aprender los saberes; et son dos maneras dél; la una es á que dicen estudio general en que ha maestro de las artes, así como de gramática, et de lógica, et de retórica…

Así, tanto la gramática como la retórica se nutrieron de una nueva generación de intelectuales que bajo las enseñanzas de Ciceron y Quintiliano, cuyos textos se habían recuperado durante el siglo XV, renovaron los memorísticos métodos pedagógicos escolásticos y facilitaron la sistematización de las lenguas, la adaptación de los tópicos clásicos a la literatura contemporánea y la edición y comentario de un numeroso corpus de textos clásicos y medievales.

No en vano durante las primeras décadas del siglo XVI la nueva universidad complutense propició la colaboración de filólogos y teólogos, bajo la atenta mirada de un anciano Elio Antonio de Nebrija, expulsado de Salamanca y perseguido por la inquisición, en el que probablemente fuera uno de los frutos más importantes del humanismo castellano, la Biblia Políglota. Desde Lovaina, Erasmo había constituido el primer estudio trilingüe europeo donde centralizó una obra que abarcó los comentarios a Horacio o Aristóteles o al Antiguo Testamento y desde donde construyó en torno a su persona una red intelectual que traspasó las fronteras europeas, llegando a Asia y al Nuevo Mundo.

El trabajo filológico de los Erasmo, Vives, Budé, Moro, Lutero, Maldonado, Nebrija, Pérez de Oliva, Ambrosio de Morales o Cervantes de Salazar motivó una corriente de pensamiento renovadora en muchos de los campos decisivos para cualquier sociedad. Hablaron de política, Erasmo y Vives fueron consejeros del emperador, y otros tantos fueron cronistas de sus mecenas o de sus ciudades, por ejemplo; hablaron de paz en un mundo en constante conflicto; de religión, claro, y de espiritualidad renovada, de perfeccionamiento agustiniano de la conciencia interior, lejos de los excesos del lujo vaticano. Y hablaron de educación, sobre todo, como motor esencial de cualquier sociedad durante una vida que muchos dedicaron a la enseñanza de los jóvenes como profesores universitarios o preceptores de los más importantes personajes de su tiempo.

El modelo principal del intelectual dedicado a la educación de los jóvenes fue la egregia figura del valenciano Juan Luis Vives, que al final de sus días, en 1539, completó la redacción de la Linguae latinae exercitatio, unos diálogos escolares para el aprendizaje y perfeccionamiento de la lengua latina, donde culminaba una trayectoria fecunda en la reflexión sobre los studia humanitatis y la educación que contaba ya con títulos como la Introducción para la sabiduría o el De disciplinis.

Volver a la personalidad de Vives es volver al origen judío de un joven que muy pronto marchó a París, uno de los centros universitarios europeos por excelencia. Años más tarde, en Lovaina, comenzó a dar sus primeras lecciones universitarias. Algún prestigio debía haber adquirido ya el joven Vives cuando en 1514 es elegido para asistir como preceptor del joven Guillermo de Croy, sobrino del ayo del príncipe Carlos, al que acompaña al Estudio General de Brabante, en Lovaina, para completar su formación en sus estudios de teología. Durante sus años en Lovaina, Vives entabló contacto con un grupo nutrido de humanistas, entre los que destacan Martin Drop y, sobre todo, Erasmo de Rotterdam, con el que, pese al complejo carácter del humanista flamenco, mantendrá una afinidad intelectual decisiva para entender el pensamiento vivesiano. Su fama de hombre virtuoso le había permitido ya impartir algunas lecciones en la universidad, y el propio Erasmo le encomienda la ardua tarea de editar y comentar los veintidós libros de La Ciudad de Dios de San Agustín. No obstante, una serie de trágicos acontecimientos van a cambiar forzosamente su vida académica en Loavaina. El joven cardenal de Croy muere inesperadamente al caerse de un caballo cuando solo tenía 23 años. Además, empiezan a llegarle noticias de su familia y el proceso que la Santa Inquisición había comenzado contra sus padres y sus bienes en Valencia. Apesadumbrado, decide marcharse a Brujas al amparo de su amigo Pedro de Aguirre, donde, retirado, le queda solo el consuelo del estudio. Es por estas fechas, consolado por el De tranquillitate animi cuando toma por emblema el lema senequista del sine querela. En Lovaina, además del docto trabajo de editar a San Agustín, Vives comenta también el Caton mayor de Cicerón, los salmos, las Geórgicas virgilianas y publica en 1519 una importante diatriba contra la metodología escolástica de la Universidad de París titulada In Pseudodialécticos.

Había decidido volver a España por mar, desde Inglaterra, a mitad del año 1523, tras haber recibido el honor de ser propuesto para ocupar la cátedra vacante en la Universidad de Alcalá tras la muerte de Nebrija por su amigo Juan Maldonado. No obstante, quizá por recomendaciones de prudencia ante el proceso inquisitorial contra su familia, Vives se instala en la Universidad de Oxford como catedrático de latín y griego, al amparo de los reyes, Enrique VIII y Catalina de Aragón. En Oxford recibe la noticia de la ejecución de sus padres en Valencia y es consciente de que jamás podrá regresar a su tierra. Al final de su vida construirá la ficción de su regreso en uno de sus diálogos, donde Cabanilles, un valenciano afincado a París, regresa por fin a Valencia y recorre el callejón donde visita la casa de Luis Vives y saluda a sus hermanas.

Pese al duro golpe, en Inglaterra pasa otro fecundo periodo de su vida, donde escribe algunas de sus obras más importantes, entre ellas la Introductio ad Sapientiam, en 1524. Es nombrado consejero real y decide contraer matrimonio con Margarita Valdaura tras entablar una entrañable relación con la familia Moro, que dejará una huella profunda tanto en su vida, de la que envidiaba la tranquilidad del hogar familiar, como en su obra. Por estas fechas, compone también De institutione foeminae christianae, sobre la formación de la mujer cristiana, una colección de máximas morales, Satellitium animi y sus principales textos sobre la educación de los jóvenes, agrupadas en De ratione studii puerilis.

En 1525 recibe el encargo de los magistrados de la ciudad de Brujas de componer un texto reflexionando sobre el problema de la mendicidad, el De subvencione pauperum, en el que Vives se muestra sensible a los problemas sociales que le rodean y muestra el camino de una sabiduría necesaria para la solución de los problemas del entorno. Tras su vuelta a Brujas en 1528, aparecen sus principales textos de preocupación política, como el De concordia et Discordia in humano genere o el De pacificatione, en una época de inestabilidad en las relaciones de paz de los principales estados europeos.

En la última parte de su vida aparecen las obras más representativas de su madurez, el enciclopédico De tradendis disciplinis, publicado en 1531, en el cual Vives realiza, a través de tres libros, un ordenamiento general del desarrollo de las principales artes y disciplinas, el gran ensayo sobre la sensibilidad del hombre, De anima et vita libri tres y los diálogos escolares dedicados al joven príncipe Felipe, hijo de Carlos V, que por aquel entonces comenzaba su instrucción en las primeras letras. Durante estos últimos años fue consejero del emperador, de quien recibía una pensión, y preceptor de doña Mencía de Mendoza, noble valenciana afincada en Flandes a quien dedicó sus últimos esfuerzos pedagógicos antes de morir en 1540.

El trabajo y la figura de Vives, modelo principal del intelectual comprometido con los problemas de su tiempo y mediador directo con los personajes decisivos de la primera mitad del siglo XVI, fue admirado y continuado en muchos lugares del mundo, también en su tierra natal. Pese al cambio de aires de la Contrarreforma, la obra intelectual de Vives fecundó en varios núcleos intelectuales españoles, Burgos, Alcalá y Toledo, principalmente, conformando una red de pensamiento que llegaría incluso hasta el continente americano.

En México, en 1554, tan sólo un año después de la fundación de la institución universitaria, aparecen publicados los diálogos escolares latinos de Vives en la imprenta de Juan de Pablos, a cargo de un catedrático de retórica toledano, Francisco Cervantes de Salazar, que ejerció también como cronista de la ciudad de México, formado en las principales universidades españoles. El humanista novohispano situó al final del volumen de Vives siete diálogos latinos compuestos por su pluma, que a la postre se convirtieron en una de las joyas literarias de la literatura europea de los primeros años de las colonias americanas, en una muestra evidente de las posibilidades de adaptación y de desarrollo de una corriente, la del humanismo, que tejió una red global de conexión intelectual capaz de denunciar los excesos de una sociedad que centraba sus expectativas en el desarrollo económico.

América se convirtió pronto en el paradigma de la avaricia y la ambición económica, y se institucionalizó la búsqueda de un Dorado que todavía hoy parece no haber finalizado. Durante el siglo XVI algunas voces clamaron, con poco éxito, contra las mezquindades morales e intelectuales del liberalismo económico y la necesidad de armar las sociedades a partir del cultivo de las humanidades. Uno de los personajes de los diálogos de Cervantes de Salazar plantea la pregunta, “en tierra donde la codicia impera, ¿hay lugar para la sabiduría?”.

Los maestros de letras del Renacimiento, desde las grandes figuras hasta las más humildes, han pasado desapercibidos en la reescritura actual de las diferentes historias debido a que no concuerdan dentro de los criterios de lengua y país o lengua y territorio con que han venido a configurarse principalmente las historias del arte y la literatura de los diferentes países. Los humanistas, exiliados como Vives, huérfanos como Erasmo, escritores en lengua latina, sin más raíces que la patria del conocimiento, ayudaron con sus esfuerzos a la conformación del pensamiento moderno.

¿Es posible hoy reubicar los studia humanitatis y la figura de los intelectuales hacia una posición de poder y decisión? Al menos sí puede ser una buena coyuntura para reivindicar un modelo de pensamiento y de configuración cultural diferente al que nos ha llevado el liberalismo radical.

Epicuro de Samos nos dejó la pista hace muchos siglos, cuando afirmaba que lo mismo que los médicos no son útiles si no curan las enfermedades del cuerpo, las humanidades y los intelectuales no son necesarios si no se encargan de curar las enfermedades del alma. A lo mejor el problema actual, sin vendas ni demagogia, no es ya tanto un problema del cuerpo, ni de los médicos, sino que es el momento también de enfrentarse a las enfermedades del alma

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