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Sergio Ramírez y la elegancia de los sabios

Hoy quería recordar estas palabras que escribí para Amanece Metrópoli después de una charla y una comida con Sergio Ramírez, escritor nicaragüense y reciente Premio Cervantes, en la Universidad de Alicante, en febrero de 2014. Felicidades.

“¿Habéis visto de cerca alguna vez a un sabio? No gritan. Las cosas importantes se dicen sin dilación, de manera sencilla, clara y directa, pero en voz baja. Los sabios parece que no están, pero lo miran todo. Suelen esconderse tras la edad y unas gafas correctoras del astigmatismo. Son prudentes y siempre tienen la palabra justa. Beben vino.

El lunes, perdón por el retraso, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez pasó por el CEMAB para recordarnos la historia dramática del esperpento de la violencia en América Latina y la necesidad del compromiso intelectual y político. No solo en calidad de político referente de la lucha revolucionaria sandinista de la década de los 70, de político vicepresidente de Nicaragua, de político secretario para la educación, sino también en calidad de narrador y ensayista reconocido por novelas como Margarita, está linda la mar habló de algunos de los dramas actuales de América Latina que requieren la habilidad del narrador, bien desde la crónica, bien desde la novela, para ser contadas, para ser cantadas.

Narcos con hipopótamos de Namibia, secretarios de estado corruptos que graban sus hazañas vergonzosas, asesinatos de periodistas, luchas por el territorio, paramilitares endiosados y regímenes sin escrúpulos. Costaba respirar ante tanto personaje de novela, que sin embargo, laten en la actualidad de los países latinoamericanos. ¿Cómo no contarlo entonces, aunque a veces se corra el riesgo de ser uno más de esa lista de desaparecidos? ¿Y cómo no preguntarse por las esperanzas, por las soluciones, por un futuro menos violento, donde no corra la sangre sino la tinta?

Los jóvenes. Dijo que confía en los jóvenes como motor del cambio. No se puede ser ministro de educación sin confiar en los jóvenes a corazón abierto, con la esperanza encendida. El mundo no cambia sin maestros, pero tampoco sin discípulos.

García Márquez recordaba en su discurso del Nobel que los escritores latinoamericanos no necesitan, no practican la imaginación, pues están rodeados de una realidad de aspecto maravilloso, y, sobre todo, de tintes espantosos, que supera, que imposibilita cualquier relato imaginario. Esa realidad asumida, atroz y dramática, machista y esperpéntica. “Este es, señores, el nudo de nuestra soledad”. De eso hablaba Sergio Ramírez con la elegancia de los sabios, con la esperanza de quien ha peleado con tinta y acción contra la soledad de América Latina”.

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