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Poema de amor en la ciudad de México

Hay ciudades en las que no vivirías nunca pero a las que estás deseando regresar. Ciudades que añoras cuando menos te los esperas, y de las que quieres huir cuando te atrapan con sus garras ruidosas. Hablo de México DF. La Jungla. La ciudad de los mil ruidos. La ciudad de los palacios. La ciudad de los conquistadores. El viejo asentamiento de la gran ciudad de Tenochtitlán. La ciudad de la laguna desecada y el metro interminable. La ciudad de los veintitantos millones de habitantes.

Cualquier escritor mexicano que pasee por del DF tiene muy complicado escapar de sus mitologías. Las poéticas de la ciudad las fundaron los artistas prehispánicos. Y me acuerdo de los versos nahuales de Nezahualcoyotl y los últimos icnocuicatls tras la llegada de los españoles. La traza de la nueva ciudad construida por los vencidos la consagraron los cronistas de indias y los humanistas del siglo XVI. Y me acuerdo del ameno paseo de los protagonistas de México en 1554 por las recién fundadas calles de la ciudad del humanista. Las plazas de armas se convirtieron en lugar de júbilo (y también de sacrificio con el fuego del Santo Oficio). Más tarde aguardaron rebeliones, emperadores foráneos, curas libertadores, dictadores faraónicos y una revolución que todavía no ha terminado. La ciudad se hizo grande, literalmente, y las multitudes habitaron sus calles. La laguna se secó, se secaron los ríos y el progreso llegó en forma de avalancha. Pasear hoy por el DF de Salvador Novo es una delicia estridente para los sentidos. Desde Bellas Artes hasta el Zócalo, frente al pelotón de fusilamiento, puedes comprar cualquier cosa. Desde libros hasta changuitos de novedad. El metro del DF es el mayor espectáculo del mundo. La construcción del metro fue uno de los detonantes de las protestas del 68. Venid a ver la sangre por las calles. Y el amor que llega en cada esquina. Y esa sensación, desde el cielo al lado, de estar solo en la ciudad más grande del mundo.

Y todo esto porque hace unas semanas asistí a uno de esos pequeños momentos de felicidad difíciles de compartir. Difícil compartir ciertos placeres intelectuales, quizá por la maravillosa subjetividad que nos hace humanos y que nos permite procesar historias de manera diferente. Una de mis historias favoritas la cuenta Homero Aridjis en el poema “Poema de amor en la ciudad de México”, que hace unos días recitó a mi lado, en la mesa del Centro de Estudios Iberoamericanos Mario Benedetti donde compartió literatura y luchas. Os dejo el poema, que habla de la ciudad de México de la que os hablaba arriba. Cuando ella se fue, la ciudad se quedó sola. Una canción de Depedro, con Bumbury, dos músicos que han visto de cerca sus calles. Y el mural de Diego Rivera del exuberante mercado de Tlatelolco.

En este valle rodeado de montañas había un lago,
y en medio del lago una ciudad,
donde un águila desgarraba una serpiente
sobre una planta espinosa de la tierra.

Una mañana llegaron hombres barbados a caballo
y arrasaron los templos de los dioses,
los palacios, los muros, los panteones,
y cegaron las acequias y las fuentes.

Sobre sus ruinas, con sus mismas piedras
los vencidos construyeron las casas de los vencedores,
erigieron las iglesias de su Dios, y las calles
por las que corrieron los días hacia su olvido.

Siglos después, las multitudes la conquistaron de nuevo,
subieron a los cerros, bajaron a las barrancas,
entubaron los ríos, talaron árboles,
y la ciudad comenzó a morir de sed.

Una tarde, por una avenida multitudinaria, una mujer
vino hacia a mí,
y toda la noche y todo el día
anduvimos las calles sin nombre, los barrios desfigurados
de México-Tenochtitlán-Distrito Federal.

Entre paquetes humanos y embotellamientos de coches,
por plazas, mercados y hoteles,
conocimos nuestros cuerpos,
hicimos de los dos un cuerpo.

Cuando ella se fue, la ciudad se quedó sola,
con sus muchedumbres,
su lago desecado, su cielo de nebluno
y sus montañas invisibles.

“Poema de amor en la ciudad de México”, Homero Aridjis

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