#TrenMacondo

Me gusta cuando besas porque estás como presente

Con hora de Berlín, de Roma o de París hablamos de besos. Será la primavera, o algunas de las entradas de mis compañeros, pero esta noche pienso en besos literarios que me pusieron el estómago del revés y dejaron fluir las emociones. Besos de personajes que no existen y que esperas como si fuesen a dártelos a ti. Besos que viajan como una chispa fulgurante de una comisura de la boca a la otra; besos que huelen a prados y a licores amargos de diferentes épocas y lugares; besos que se sienten nocturnos y besos que pierden el tacto del día; besos que son emulsiones de caricias desgastadas en una cocina literaria moderna; besos de sábanas sin colchón que abrazar; besos de labios y besos de miradas; besos que no se dan, pero se piensan; besos muertos en el recuerdo de los vivos; besos de pasiones multiculturales; besos ajenos y tan propios; besos que se extravían en la memoria y se encuentran en el olvido; besos de nadie y besos de todos; besos de páginas que se arrastran en el baile sensual de las yemas de los dedos; besos que se dan y no se devuelven; besos que se prestan en viajes en el tiempo; besos que se arrancan a dentelladas, de la boca y del alma. Sí, vamos a hablar de besos, de todos los ya mencionados y de la forma inexplicable en la que vienen a morir en nuestros labios cuando los leemos por primera vez.

El beso más profundo me lo dejó Liesel, de La ladrona de libros, cuando besa (spoiler) a su mejor amigo, muerto durante la explosión de una bomba lanzada por los nazis. Encuentra su cadáver tendido en el suelo, entre las cenizas y las casas derruidas y siente que, después de años de escucharle demandar un beso, al fin puede dejarlo como un adiós sobre su piel fría y apagada. Fue un beso que dolió, quizá porque pensé en las ironías de la vida y en la forma en la que nos atrevemos, demasiado tarde, a dar una señal, un loquesea que quiera estar rugiéndonos por dentro en un oxímoron, porque es un rugido silencioso. Tenía catorce años y sigue sabiéndome amargo.

El siguiente tardó más de 1600 páginas en producirse. Kvothe besó a Danna en El temor de un hombre sabio (II parte de la trilogía El asesino de reyes), muchísimos capítulos después del inicio de la historia. Olía a briznas de hierba moviéndose al viento, o así lo recuerdo yo. Fue un beso de los que te dejan sin aliento, no porque dure páginas o esté descrito de una manera más o menos apetecible. No, tenía que ver con la espera. Se había creado una añoranza y un anhelo apabullantes. Ella no me gustaba, tal vez por su indiferencia, sin embargo, la empatía y el afecto inconmensurables que experimenté por el protagonista me llevaron a desear que se produjera lo que él también ansiaba. De repente, sin previo aviso, se formó un nudo de turbación que se dispersó en cuanto se produjo el beso. Un beso que pesó muchas palabras y que impregnó de cierta magia no solo el corazón de él, sino también el mío.

Y hay más, porque lo besos tampoco se cuentan, se dan, aunque aquí los contemos con una acepción distinta, que para algo somos de letras. Solo diré un nombre: Edward Rochester. ¿Os suena? ¿Sí? ¿No? Jane Eyre. Jane Eyre libro, Jane Eyre personaje. Él, que es una mezcla de sensualidad perversa, y en parte dañina, creó una especie de bucle de batallas de gladiadores en mi pecho. Este beso me supo a jardín y a tierra húmeda. A una de las cosas que más me gustan: a lluvia. Sí, sabía a lluvia y al deseo frustrado de saber que él la estaba, en parte al menos, engañando, no en sus sentimientos, pero sí en el contexto en el que se producían. Sin embargo, ¿qué serían los besos sin contexto? La intensidad hubiese sido menor si él respondiera a la imagen idílica de príncipe andante, con mallas adheridas a los muslos como única vestimenta y el pecho henchido de humildad y decencia. No, Mr. Rochester es un príncipe, claro que sí, de lo oscuro, de la prepotencia y de la vanidad, al que abofetearías sin pensarlo, pero al que también besarías con la misma intensidad.

De besos del s. XIX a besos del XX. Los besos de Blanca Trueba, siendo niña, con Pedro García construyen la base. Los besos adultos me gustan, apasionados e indómitos, pero aquellos de cuando corrían desnudos a mediados de la trama de La casa de los espíritus eran premonitorios de lo que pasaría después. A veces, crear la expectación del beso también es un beso. Uno de imaginación y mariposas (amarillas, por supuesto) revoloteando en el estómago. Es igual que esos otros con los que fantaseaba Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera. Estos últimos me parecen de un sincericidio envidiable, de ahí que se cree esa aura de cariño insólito por el personaje. Pero, confieso, que tampoco renuncio a los del doctor Juvenal Urbino en la noche de bodas. ¿Qué cabe esperar bajo la pluma de Gabo? Besos de pálpitos transferidos en párrafos que se confunden como una dislexia surgida de pronto.

Hay más, besos de adolescencia que me he saltado por no seguir un orden, besos de novelas juveniles que te hacían creer que a la vuelta de la esquina del instituto, enfundado en una chaqueta de cuero con un pitillo entre los labios, te esperaría el macarra de turno. Todos fumaban, poco o mucho, por eso me saben a tabaco esos besos quinceañeros, aunque no me guste nada. También tenían algo de mitológico, era la época de los vampiros, soy de esa generación. Besos para salvar el alma y besos para condenarla con unos colmillos que asomaban para dar otro tipo de beso, hondo y escarlata sobre la piel.

Así que, tengo la piel impregnada de besos. Besos de personajes literarios y besos, directamente, literarios. Porque sí, aquellos capítulos tan arraigados, aquellas palabras concisas en el momento concreto, también producen una sensación parecida al beso. Los pasajes besables de los libros, sin que tenga nada que ver la acción que narran con los besos. Pero los besarías. Los besarías con los ojos cerrados, pero también abiertos, para percibirlo todo; los besarías tumbado en la cama, de medio lado, dejando pasar las horas; los besarías de madrugada, rompiendo el sueño o antes de construirlo; los besarías rápido, con ansías; los besarías lento, repitiendo aquellos momentos en los que se produce el pellizco. Los besarías porque la boca se te llenaría de un arroyo de letras e imágenes.

¿Qué beso recuerdas tú?

 

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