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Cuando Mijatovic nos hizo creer que ganaríamos siempre

Era el Amsterdam Arena, la catedral donde Mijatovic nos hizo creer que ganaríamos siempre, y la piel se me erizó como en los momentos de felicidad. Ya no era tan niño, y la literatura empezaba a sustituir el lugar del deporte, pero aquel recuerdo sigue grabado en nuestra conciencia como algo que nos hizo creer, o eso pienso hoy que lo estoy convirtiendo en mitología

Hace unos días, al recoger las montañas de papeles y recuerdos acumuladas en casa de mis padres, encontré un casette que me resultaba familiar. En el rótulo apenas se leía ya final champions league. Allí estaba grabada la retransmisión de la Cadena Ser que Paco González y Manolo Lama realizaron aquel 20 de mayo de 1998 en el Ámsterdam Arena entre el Real Madrid y la Juventus. Éramos niños aquel día. Recuerdo como si fuera ayer la clase de Educación Física esa mañana en la que todos estábamos alterados. La chica que me gustaba era muy fan de Roberto Carlos y yo nunca entendí por qué, bajito, fuerte, rápido y calvo. Me veía al espejo y yo era todo lo contrario, más bien alto, fofo, lento y con mucho pelo. Así se manifiestan los amores imposibles.

Hay un poema magnífico de Quevedo en el que recrea el Beatus Ille horaciano, conocido como “A un amigo que retirado de la corte pasó su edad”, y que dice así: “Dichoso tú, que alegre en tu cabaña, / mozo y viejo aspiraste la aura pura, / y te sirven de cuna y sepultura, / de paja el techo, el suelo de espadaña. / En esa soledad que libre baña /callado Sol con lumbre más segura, / la vida al día más espacio dura, / y la hora sin voz te desengaña. / No cuentas por los Cónsules los años; / hacen tu calendario tus cosechas; / pisas todo tu mundo sin engaños. / De todo lo que ignoras te aprovechas; / ni anhelas premios ni padeces daños, / y te dilatas cuanto más te estrechas”. Retirado de la corte, sin conocerla, crecimos muchos niños al amparo de una educación que hoy nos permite prácticar este ejercicio de la memoria. Hay algo en este poema que cifra la crisis del cuarto de siglo de esta generación fantástica: nos dimos cuenta que ya nunca podríamos ser este campesino alejado del mundo y las preocupaciones. Y te haces grande con la ignorancia.

Nosotros, los niños de la democracia, no hacíamos los calendarios con las cosechas, sino con los eventos deportivos. Olimpiadas, Mundiales, Eurocopas, Copas de Europa. Aquel día de 1998 asistíamos a nuestra primera gran final importante, al menos los que habíamos heredado de nuestros padres un madridismo algo fuera de lugar en un ambiente en el que predominaba el valenciano como lengua familiar. Y eso que mi padre estuvo en el 0-5 en el Bernabeu la primera vez que Cruyff pisaba Chamartín. Nunca habíamos estado en el estadio, ni cerca, sin embargo, los chicos de mi barrio nos sentíamos partícipes de ese sueño que pronto se esfumó de que el deporte cambiaría nuestras vidas. Hoy con 32 todavía no me resigno a admitir que ya nunca seré el 8 del Madrid. Hicimos nuestra porra y apostamos por el 1-0, gol de Morientes.

Al final fue 1-0, con gol de Mijatovic, el montegrino que abandonó Paterna para reunirse con la historia aquel día. Aquí está la grabación de Paco González y Manolo Lama, que sonaban en mi flamante radiocassette en un pueblo de provincias con la misma fuerza que si estuviéramos en el estadio. Aprendimos a querer la radio. Era lo más parecido a estar en el campo. Afónicos, incrédulos ante el rebote que propició la jugada, después de un tiro forzado de Roberto Carlos, Mijatovic levantó tres décadas de perdedores y, nosotros, que eramos niños, entendimos que podríamos ganarlo todo. Ya teníamos libertad, acceso a la educación y empezamos a ganar en todos los deportes imaginados, y algunos insospechados en aquel tiempo. El mundo era nuestro. Al día siguiente fue festivo en el colegio. Nos íbamos de excursión al Xorret de Catí, y coches y motos pitaban con banderas. Todos sonreíamos, como si el futuro fuera también nuestro.

Años más tarde empecé a recorrer ciudades, y generalmente siempre con algún libro o alguna historia bajo el brazo de aquel lugar. La Toledo de Azorín, el México de Hernán Cortés, Los Andes de Neruda. Recuerdo mi primer viaje a Holanda y el traslado desde Schippol hasta la estación central. Ante mí se abrió imponente el estadio del Ajax, como a Stendhal se le ofreció la cúpula de Bernini. Era el Amsterdam Arena, la catedral donde Mijatovic nos hizo creer que ganaríamos siempre, y la piel se me erizó como en los momentos de felicidad. Ya no era tan niño, y la literatura empezaba a sustituir el lugar del deporte, pero aquel recuerdo sigue grabado en nuestra conciencia como algo que nos hizo creer, o eso pienso hoy que lo estoy convirtiendo en mitología.

Veinte años no es nada, y mañana Juventus y Real Madrid vuelven a enfrentarse, esta vez en Cardiff, por el título continental. Ya no somos los perdedores, sino todo lo contrario. La voracidad del ganador que nos define. Estad atentos al momento, porque dentro de veinte años nos dirá quiénes éramos hoy.

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