#TrenMacondo

Don Rodari de la Omegna

Hay tantas historias que se quedan con nosotros… Vienen en una maleta sentimental en la que llevamos canciones y momentos de cama, trenes, césped, coches, lluvias, primaveras y abriles.

A los once años difícilmente podía saber quién era Gianni Rodari (Omegna, 1920- Roma, 1980) y lo mucho que escucharía su nombre a día de hoy en el contexto en el que me muevo.

 A los once años tan solo sabía que ese señor con nombre extraño había escrito algo irremplazable para mí. Se ha convertido, sin darme cuenta, en uno de los libros que me siguen acompañando, no solo por la magia que encontré en sus palabras, sino también por la persona que me lo regaló: mi maestra de quinto y sexto de primaria. Mis compañeros del colegio deben de guardar todavía su propio volumen de La góndola fantasma (1953), aunque no sé si su lectura llegó a influir tanto como en mí.

Ahora es un ejemplar que tiene las cubiertas, al igual que las páginas, amarillas. Me sigue pareciendo fascinante que desde su primera publicación en Il Pionere pasando después por Il Giornali de Genitori pudiese llegar, finalmente, a mis manos. Esa es la esencia de la palabra escrita, supongo, el viaje incansable de un relato que ya tiene más de sesenta años.

Quizá para los que nos movemos en el mundo de la LIJ sea un nombre más que reconocido, en cuanto los que creáis que no le conocéis, revisad vuestras estanterías, porque yo, personalmente, cuando me enfrasqué en el estudio de la literatura infantil y juvenil jamás hubiese pensado que volvería a ser esa lectora prematura que aún desconocía lo que era una referencia intertextual. Pero lo hice y la sensación fue como una sonrisa que no se cansa.

Tal vez fue el comienzo lo que me atrapó, con ese lenguaje cuidado, con un vocabulario casi musical, al igual que la congoja inicial que comenzó a despertar en mí el pasar las páginas. El inicio que nunca me canso de leer:

Corría el año mil seiscientos y pocos, y corría tan deprisa que casi había llegado a su fin. Era precisamente la víspera de Navidad, y el joven enjuto y harapiento, de aire melancólico, sentado bajo un balcón de Venecia, lo sabía y lo lamentaba.

(«Que empieza junto al puente de los suspiros», 2004: 13)

Sea como fuere, volver sobre este libro me ha hecho pensar en otros tantos que marcaron mi infancia, obras que aún conservo, otras que están en alguna caja del desván de la casa de mi abuela. Anterior a este, recuerdo Las mil y una noches, una edición adaptada. Es quizá uno de los que más me duelen. Tenía ocho años y otra maestra lo había llevado a clase. Me enamoré, sin más, de la historia y de lo bonitas que eran las ilustraciones. Me lo regaló, aun siendo de su hijo, con la promesa de que lo cuidaría, pero en algún momento lo perdí. Quiero pensar que otra persona lo tiene, que, a lo mejor, no me estaba destinado.

Y sigo echando la vista atrás, hasta llegar a los seis años. Tenía y conservo un libro grande y rojo, de solapas duras, lleno de cuentos populares rumanos. La verdad es que hay una fina frontera entre los dos idiomas principales que bombean palabras en mi cabeza. A veces, supongo que como a todos los bilingües, me cuesta recordar en qué lengua leí qué cosa. En este caso, creo que me los leyeron.

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Véase que hay una heroína con espada a lomos de un Pegaso. Eso también debió de marcarme.

Lo mismo me ocurre con El patito feo, Hansel y Gretel y la casita de chocolate o las múltiples antologías poéticas que mi madre me compró y regaló a finales de los noventa. ¿Qué otra cosa podía esperarse de una lectora como ella? Si hago memoria, aún puedo discernir el mueble del salón repleto de libros de un extremo a otro. Solía quedarme mirándolos embobada mientras colocaba un vinilo en el tocadiscos (seguramente sonaba el «Mambo Nº Five», de Lou Bega, y no finjáis que no sabéis qué canción es).

Hay tantas historias que se quedan con nosotros… Vienen en una maleta sentimental en la que llevamos canciones y momentos de cama, trenes, césped, coches, lluvias, primaveras y abriles. Quizá ni siquiera nos acordemos ya de los nombres de los personajes ni de la acción, el tiempo o el espacio, pero, ¿y qué? Permanece lo que no sobra, siempre digo lo mismo, lo que se ha hecho un hueco: la emoción. ¿Qué mejor edad para emocionarse que la infancia? Probablemente al final de nuestra vida habremos leído centenares, miles de libros, y aunque la memoria comience a fallarnos, algo me dice que no podremos olvidar los esenciales, con los que nos iniciamos. Y yo sé que recordaré a Gianni Rodari y las ciento veinte páginas de algo más que un relato.

Y vosotros, ¿qué libros recordáis?

 

 

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2 comentarios

  1. Recuerdo con cariño extremo “Los viajes de Pericot” de Carles Cano. Es un libro que especialmente me emociona porque conseguí el autógrafo del autor, tuve la suerte de que mi colegio me llevara a un evento de presentación que él realizaba. Fue un momentazo que me marcó profundamente. Gracias por tus palabras, sin ellas, no habría venido al presente un recuerdo tan bonito de mi niñez. El libro es sencillamente mágico (al menos para mí).

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