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Escríbeme a la tierra

Aquella tarde, después del amor, fuimos a escondidas a la tumba de Miguel Hernández, en la entrada del cementerio de Alicante, con dos rosas blancas de madera que quedaban en mi casa. Era la primera vez que llegaba ante la tumba del poeta y me llamó poderosamente la vitalidad del buzón marcado con el verso que da título a la entrada. Escríbeme a la tierra.

Por aquel entonces acababan de venir a Alicante María Teresa Fernández de la Vega, Ángeles González-Sinde, Francisco Caamaño y el poeta recientemente fallecido Marcos Ana, en un acto en la Sede de la Ciudad de Alicante organizado por el profesor Rovira, comisario del año hernandiano. Allí se presentó la reparación moral de una justicia que le condenó a muerte y que le conmutó la pena pero le dejó morir. Allí murio un día como el día ayer, en el penal de Alicante, tísico y muerto de frío después de una posguerra entre intentos de fuga, regresos a casa, traiciones y muchos barrotes. Tenía la misma edad que el que escribe estas letras. Nos dejó una obra inmensa y una trayectoria intelectual apasionada. Con la pasión de la que es capaz un joven que venía a llevarse la vida por delante.

Mi Miguel Hernández es ese chico que encuentra en la literatura una salida a su juventud, a su familia, a su tiempo. Mi Miguel Hernández es una maleta vieja, roída y parcheada en un vagón de tercera camino de Madrid. Mi Miguel Hernández es ese muchacho ingenuo que escribe a Federico García Lorca, que escribe a Pablo Neruda y que quiere ser poeta. Mi Miguel Hernández es una obra inmensa de iniciación barroca y pulsión popular. Mi Miguel Hernández es el poeta político de Viento del pueblo, en un vagón hacia la estepa rusa, sonriendo de oreja a oreja en Leningrado o arengando en las ondas radiofónicas una lucha todavía no perdida. Mi Miguel Hernández es el Simón Bolívar de Pablo Neruda en Madrid, en la boca del Quinto Regimiento:

Yo conocí a Bolívar una mañana larga,
en Madrid, en la boca del Quinto Regimiento,
Padre, le dije, eres o no eres o quién eres?
Y mirando el Cuartel de la Montaña, dijo:
“Despierto cada cien años cuando despierta el pueblo”.

Pero sobre todo mi Miguel Hernández es la memoria del Cancionero y romancero de ausencias y su lucha contra un mundo exterior e interior totalmente destrozado por aquella incivil. Me interesa el Miguel Hernández emblema de una lucha y una bandera, pero sobre todo, mi Miguel Hernández está en la lucha intelectual de un niño que ordeñaba en cuclillas cabritas y sueños en una familia ajena a los afanes del arte y consiguió con sus lecturas voraces y su pasión de juventud irrumpir en la conciencia de la intelectualidad de su tiempo. Un joven que consiguió escribir una voz que la historia, la trágica historia y la purga posterior, encumbró para siempre. Mi Miguel Hernández está en el vagón de un tren de tercera, leyendo con pasión a Rubén Darío, camino de Madrid, fantaseando con una lírica en construcción, con una lírica que se llevó la tragedia pero que emerge con fuerza en el “Vals de los enamorados”. Igual que García Lorca en el teatro, Miguel Hernández habría sido el gran poeta del siglo XX en español, no me cabe duda. La historia es una ramera de primera calidad, como en la canción. Y la miseria de los vencedores cercenó su vida.

Recordaba el profesor Rovira estos días en clase y en la comida su figura. Gracias a su trabajo y al de Carmen Alemany tenemos hoy entre nuestras manos los mejores versos del poeta. Siempre recuerda, recordándose a él, y es una frase que ya siempre va conmigo, que la memoria de Miguel Hernández es también la memoria de nosotros mismos. Todavía queda memoria nuestra en su figura, por mucho que haya leído muchas tonterías sobre él entre los poetas jóvenes. Miguel Hernández no está de moda en la poesía española, pero hoy te escribimos a la tierra Miguel, en tu memoria. Recordarte es un deber de España, es un deber de amor, escribió Pablo Neruda después de tu muerte, hace hoy setentaycinco años. Recordarte es un deber de amor, es un deber estético y es un deber de nieto para quienes venimos del tiempo de los desheredados.

“Vals de los enamorados y unidos hasta siempre”

No salieron jamás
del vergel del abrazo.
Y ante el rojo rosal
de los besos rodaron.

Huracanes quisieron
con rencor separarlos.
Y las hachas tajantes
y los rígidos rayos.

Aumentaron la tierra
de las pálidas manos.
Precipicios midieron,
por el viento impulsados
entre bocas deshechas.
Recorrieron naufragios,
cada vez más profundos
en sus cuerpos, en sus brazos.
Perseguidos, hundidos
por un gran desamparo
de recuerdos y lunas,
de noviembres y marzos,
aventados se vieron
como polvo liviano:
aventados se vieron,
pero siempre abrazados.

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