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EL RAYO QUE (NO) ConfiESA

Dejo un rayo que no cesa, que confiesa que todavía tenemos que desencadenar una tormenta a nivel emocional, empático y cultural.

Que el 2017 es un año hernandiano lo sabemos desde hace meses, por lo menos aquellos a los que nos apasiona la literatura. El pasado viernes día 24 de marzo arrancó en Orihuela la famosa «Senda del poeta». Era la primera vez que la hacía, a diferencia de otros que llevaban años yendo, entre ellos mis alumnos de bachillerato. Así que mi entusiasmo era doble, triple… inconmensurable.

A modo de relato, me vi contagiada por el espíritu de mis compañeros, pero también de los estudiantes (lectores muy sentidos y algunos futuros filólogos). No obstante, como suele ocurrir muchas veces, uno se topa de bruces con una realidad que deja (y no solo es una opinión personal) algo (por no decir mucho) que desear.

Sin embargo, antes de llegar a ese momento, o con independencia de que algunas cosas en cuestión estén más que alejadas de la esencia literaria, me permito trazar de nuevo el recorrido Orihuela-Redován-Callosa-Cox entre los versos de Miguel Hernández que recordé mientras se desvestía el camino bajo mis pasos, bajo un cielo, cuando menos, lluvioso.

Al ascender y descender las calles del barrio de San Isidro, entre poesía y colores, entre muerte y amores, pensaba en que hay silencios que nunca deberían permitirse, igual que hay voces que pagan demasiado cara la libertad de creer, vivir o soñar. Mientras veía el mural de Ícaro o la escalera a la luna, me vinieron a la cabeza los primeros versos de «Nubes y arcángeles»:

Vuelo sin ruido, pájaros sin plumas,

de Dios a Dios, en Dios, de viento en viento,

los tronos perpetuando y las espumas,

vida dan a la gloria y movimiento.

 

Quizá porque el viento siempre me ha parecido sintomático de libertad, tal vez porque mis ojos iban del cielo a la paloma amordazada de Pepe Azorín. Sea como fuere, lo escondido de las callejuelas me abrió un apetito voraz, que quería saciar con la vida y los recuerdos de un Miguel atemporal. Y lo logré, en parte, en las catedrales, en la Plaza Ramón Sijé, donde recitamos la elegía, en su casa, desde la ventana del dormitorio de sus padres. Ahí mismo, tras las rejas de esta, desde donde se veían las frondosas plantas del patio, recordé «Las cárceles»:

 

Un hombre que ha soñado con las aguas del mar,

y destroza sus alas como un rayo amarrado,

y estremece las rejas, y se clava los dientes

en los dientes del trueno.

 

A la salida de la casa, me siguieron acompañando rayos y truenos, casi de manera literal, aunque al final la lluvia fuese empática y nos permitiese que la senda avanzase entre naranjos, limoneros y tierra seca. Olía a primavera y a emoción, por lo menos algunos de los que ahí nos encontrábamos (entre miles de personas) así lo percibimos.

 

Oh limón amarillo,

patria de mi calentura.

si te suelto

en el aire,

oh limón

amarillo,

me darás

un relámpago

en resumen.

 

(«El limón»)

 

Y así, entre el aroma de las flores y los diálogos sobre la vida y obra del poeta oriolano, marchando a buen paso entre la multitud, fui dándome cuenta de que había algo (o un alguien colectivo) que no promovía la poesía, es más, diría que ni siquiera sabían a ciencia cierta qué hacían ahí. Al principio, intentando aferrarme a una irónica cuestión literaria, pensé en los «Poetas malditos» y en el consumo de opio. Tal vez, los jóvenes que se habían incorporado a la senda eran grandes e incomprendidos genios que con marihuana de por medio llegarían al auge de la interpretación poética, que no era otra que el reggaetón que salía de sus altavoces (doy fe de que no iban con ningún instituto). Me pareció vergonzoso mancillar de esa manera un momento como aquel con borrachera incluida. ¿Es que ya no respetamos ni apreciamos nada? ¿Por qué ni siquiera se muestra un mínimo interés hacia algo que forma parte de nuestra historia, de nosotros mismos? Si hay tiempo para todo, y muchas veces tan poco para la poesía, ¿por qué arrancarlo del vientre que la gesta y dar luz a algo que se puede hacer cualquier fin de semana?

Si no fuera ¿por qué?… no sé por qué,

mi corazón escribiría una postrera carta

una carta que llevo allí metida,

haría un tintero de mi corazón,

una fuente de sílabas, de adioses y regalos,

y ahí te quedas, al mundo le diría.

 

(«Me sobra el corazón»)

 

Y sí, por supuesto que siento indignación, porque me preocupa que centenares de chicos y chicas adolescentes de los ahí presentes vayan hacia delante sin conocer a dónde se dirigen, y no solo en la senda, sino en la vida. Eran una masa descarriada de personas que, en absoluto, hubiesen enorgullecido al poeta. Son el futuro de un pasado que duele y que no comprenden ni estiman

Aunque como decía el propio Miguel, en ese final que tantas veces cambió de «Eterna sombra», y que mis alumnos me recitaron para hacerme recobrar el ánimo tras lo visto, «hay un rayo de sol en la lucha / que siempre deja a la sombra vencida». Así que, pese a haber tenido que dejar constancia de la otra verdad que no aparecerá en los periódicos, procuro aferrarme a los pasos de peatones de Orihuela, donde han escrito sus versos, a los niños que iban repartiendo pegatinas (con los versos: «Desperté de ser un niño. / Nunca despiertes»), a las banderas que ondeaban, a los músicos, a los recitales y a las canciones.

Me quedo con todo ello y con la seguridad de que volveré. Ahora bien, nunca podrá repetirse el 75 aniversario de su muerte. Aun así, me arranco la espina y dejo el rayo, que sin darme cuenta me ha ido acompañando en toda esta entrada.

Dejo un rayo que no cesa, que confiesa que todavía tenemos que desencadenar una tormenta a nivel emocional, empático y cultural. Que no cese el rayo, no dejaremos que nadie nos sujete a una redoma:

No me conformo, no; me desespero

como si fuera un huracán de lava

en el presidio de una almendra esclava

o en el penal colgante de un jilguero.

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