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Teatro, teatro, teatro

Hoy 27 de marzo se conmemora el Día Mundial del teatro. Una forma de vida. Si la poesía canta las pasiones, el teatro las representa. Si la poesía mueve a la reflexión, el teatro mueve a la acción. No podríamos vivir sin teatro...

Hoy 27 de marzo se conmemora el Día Mundial del teatro. Una forma de vida. Si la poesía canta las pasiones, el teatro las representa. Si la poesía mueve a la reflexión, el teatro mueve a la acción. No podríamos vivir sin teatro, no podríamos sin la expiación de nuestras evidencias en la ficción. El oficio más antiguo del mundo, este del teatro.

Desde LahoradeBerlín os deseamos feliz día del teatro, con esta imagen de La Última de Filipinas y esta reseña de La lengua en pedazos, de Juan Mayorga, publicada hace ya algún tiempo en la revista Salitre y alojada en Amanece Metrópolis.

Foto máscara con firma

La lengua en pedazos venía anunciada con el Premio Nacional de Literatura Dramática hecho público esta misma semana, en el debut como director de uno de los dramaturgos más prestigiosos del panorama de teatro en castellano. Quizá fueran las expectativas creadas por la noticia, pero la comidilla entre el patio de butacas del Teatro Arniches al final de la obra era confusa, mezcla de decepción, asombro, incomprensión, incluso sueño. No hubo ovaciones, aunque el eco de los registros de Teresa de Jesús llegó hasta el segundo gintonic. Tocaba reflexión. Porque el teatro de reflexión que plantea Mayorga en esta obra incomoda a un espectador que espera acción y recibe palabras, palabras.

El teatro reducido a su esencia de conversación entre dos personajes que ocupan un instante de la historia de una mujer excepcional, una monja visionaria, inquieta e inconformista. Teresa de Jesús frente a un inquisidor en la cocina de la casa de San José, donde un grupo de carmelitas han fundado casa propia y una regla de clausura y pobreza. “Es eso lo que quieres, una guerra en la Iglesia entre calzados y descalzos, una guerra en el mundo entre calzados y descalzos”.

Una escenografía austera, una mesa de cocina y dos sillas, patatas y un cuchillo, porque Dios anda también entre pucheros: sencillez y claridad de una expresión que esconde el más complejo debate espiritual de una época, de todas las épocas. La riqueza y la pobreza frente a la pobreza y la riqueza. Mayorga discute sobre la fascinación de una Teresa cercana, vestida y peinada con ropa actual, para dramatizar una historia que se aleja del espectador en la madeja compleja de la filosofía espiritual de El libro de la vida y en la imitación de su lenguaje.

Su intención con la modulación de Teresa en el escenario es evidente y él mismo la ha contado algunas veces. No es el misticismo y la anécdota de la reforma espiritual lo principal, es el personaje, el ser humano de una mujer en contra de los tiempos: “pienso sobre Teresa que un ateo, aunque no crea en su mística, puede sentirse fascinado por el ser humano que se apoya en ella. Y puede y debe sentirse interpelado por ese ser humano al fin, y siempre será menos importante lo que nosotros podamos decir sobre Teresa que lo que Teresa pueda decir sobre nosotros”.

Por la interpretación excepcional de Clara Sanchis desfilan los personajes diversos de una esquizofrenia mística, la de la Teresa entre pucheros, la que discute con el demonio y conversa con dios en el costado, la mujer rebelde, la Teresa sensual de sus deleites, la mujer acusada y, sobre todo, la heroína dramática de la locura, el quijotesco dictado de un iluminismo que escapa a la lógica del inquisidor, Pedro Miguel Martínez, que ejerce con maestría la razón del espectador, el dedo acusador de una mujer que se rebela por encima de sus posibilidades con la ingenuidad de quien tiene en su pluma la revolución.

La intensidad del diálogo se pierde en la dramatización sin pausas y conduce a un estancamiento argumental que rompe la protagonista con su amplia gama de registros de voz. Los movimientos de los actores en torno a la mesa, la ruptura de la cuarta pared por parte del inquisidor, cuyos gritos interrogan desde el patio de butacas en varias ocasiones, enmarcan las modulaciones del personaje de Teresa y regulan la intensidad del argumento. La música, parca, y la luz, austera, no cuentan, están al servicio de la palabra.

Un teatro de la palabra cuyo trampantojo histórico nos aleja en el escenario de la metáfora subversiva de una Teresa de Mayorga que no acaba de conectar con la contemporaneidad pero que nos rescata en la historia literaria de los héroes. Un texto por encima de su representación sobre héroes de locura visionaria que quiebran las verdades de los cuerdos, que interrogan los cimientos de la sociedad para hacerlos avanzar a la luz de un cisma decisivo en la conformación de la Edad Moderna. Lutero contra Trento, el juicio a Teresa y el anuncio de una ruptura que está por llegar en este siglo XXI, también, fuera de la literatura. “¿No os enseñaron a medir las palabras antes de llevarlas a la boca? Las vuestras suenan a utopía, a república de mujeres, a disparate”. Sin palabras, sin palabras, mejor con acciones sin verbo que acaben por dejarnos la lengua en pedazos.

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