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La soledad de América Latina

El choque entre dos mundos que se desconocían provocó una serie de acontecimientos fascinantes y de aventuras increíbles, de las que todavía hoy hay mucho que debatir y más que dar a conocer. La atracción inagotable por la figura de Colón, por ejemplo, la controvertida personalidad de Hernán Cortés, el universo telúrico de las culturas americanas y la configuración de sus héroes y sus mitos, Moctezuma, Quetzalcóatl, Atahualpa, Lautaro, Caupolicán...

Ha llegado por fin estos días a mis manos el ensayo sobre la escritura de Hernán Cortés que ha publicado Beatriz Aracil, “Yo, don Hernando Cortés”. Reflexiones en torno a la escritura cortesiana (Iberoamericana, 2016), del que doy cuenta en las reseñas del número 8 del Boletín del Centro de Estudios Iberoamericanos Mario Benedetti. Su lectura definitiva me ha hecho volver con placer al universo del siglo XVI americano, que ella misma me presentó durante los años de estudio y formación.

El choque entre dos mundos que se desconocían provocó una serie de acontecimientos fascinantes y de aventuras increíbles, de las que todavía hoy hay mucho que debatir y más que dar a conocer. La atracción inagotable por la figura de Colón, por ejemplo, la controvertida personalidad de Hernán Cortés, el universo telúrico de las culturas americanas y la configuración de sus héroes y sus mitos, Moctezuma, Quetzalcóatl, Atahualpa, Lautaro, Caupolicán.

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Códice Borbónico. Fuente: famsi.org 

Cuando las expediciones de Francisco Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva bordearon el todavía desconocido continente y, más tarde, cuando Hernán Cortés y sus hombres fundan con su escritura la Villa Rica de la Veracruz, la sorpresa de los habitantes de la América Central fue mayúscula. El malavenido imperio de Moctezuma se vio sacudido por la presencia de unos hombres barbudos que venían desde el este: habían descubierto la vieja Europa.

La visión de los vencidos ha venido a recuperarse en el último medio siglo, desde que Miguel León-Portilla y el padre Garibay publicaran testimonios nahuales que venían a poner el contrapunto a la oficialista versión de los vencedores. Es interesante el ejercicio de reconstrucción de los sentimientos de los actores autóctonos durante el descubrimiento del otro. Como los datos que tenemos en su mayoría proceden de fuentes pasadas por el filtro europeo, no hay noticias de cómo los hombres y mujeres habitantes de las tierras mesoamericanas reaccionaron cuando vieron brillar las relucientes armaduras españolas más que las que afectan a los héroes de la guerra, como Moctezuma, Cuauhtémoc o Xicoténcatl…

El libro fue publicado por primera vez en la UNAM en 1959 con el título Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista y en la actualidad se cuentan más de treinta ediciones y numerosas traducciones que han situado en la historia literaria mexicana como testimonio imprescindible la literatura prehispánica. La recepción de estos testimonios en la historia mexicana contemporánea ha sido fundamental para entender muchas reflexiones en clave identitaria de la modernidad.

Frente a la prosaica labor del cronista europeo, muchos de los textos náhuatls conservados se caracterizan por un lirismo balbuciente de una belleza primitiva excepcional.

Algunos de los versos más leídos están en el capítulo XV: los que hablan de los últimos días del sitio de Tenochtitlán, convertidos ya en emblema de la derrota. La crudeza de la batalla, la calma de la desolación y la identidad de los vencidos: “Y era nuestra herencia una red de agujeros”

Y todo esto pasó con nosotros.
Nosotros lo vimos,
nosotros lo admiramos.
Con esta lamentosa y triste suerte
nos vimos angustiados.

En los caminos yacen dardos rotos,
los cabellos están esparcidos.
Destechadas están las casas,
enrojecidos tienen sus muros.

Gusanos pululan por calles y plazas,
y en las paredes están salpicados los sesos.
Rojas están las aguas, están como teñidas,
y cuando las bebimos,
es como si bebiéramos agua de salitre.

Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe,
y era nuestra herencia una red de agujeros.
Con los escudos fue su resguardo, pero
ni con escudos puede ser sostenida su soledad.

Pocos años después, durante las revueltas estudiantiles del 68, el gobierno persiguió y asesinó a muchos de los jóvenes que pedían más igualdad y menos olimpiadas, y también menos guerras en Vietnam. Cuenta Elena Poniatowska en La noche de Tlatelolco como en la crujía C de la cárcel de Lecumberri los presos representaron estas letanías mexicas del dolor ante la pérdida. Margarita Nolasco, entrevistada por Elena Poniatowska, recordaba la calma la ciudad cuando viajaba en el taxi lejos de la Plaza de Tlatelolco: “ni con sus escudos puede ser sostenida su soledad”.

Gabriel García Márquez explicó en el maravilloso discurso del Premio Nobel esta recurrencia trágica de la historia latinoamericana que de una manera evidente forma parte de la ansiedad del escritor por explicar un realidad difícilmente explicable, ni siquiera en la ficción. La soledad de América latina:

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

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